Por primera vez en 65 años de existencia, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) ha sido abierta por una mujer, la Presidenta Dilma Rousseff; y no de cualquier país, sino Brasil, uno de los más poderosos países emergentes e importante referencia en el contexto mundial.
Evidentemente en el mundo se están sucediendo cambios en lo referente a la participación de la mujer, que dicho sea de paso, son la mayoría demográfica en el mundo. Es por ello que estos acontecimientos revisten de un gran significado, cuando se habla del progreso y del desarrollo del mundo actual.
Hoy día, la presencia de la mujer en posiciones de liderazgo en el mundo debe ser tratada como un tema de urgencia, puesto que reivindica los principios de representatividad, igualdad y justicia. No podemos pretender construir un mejor mundo, sin restituirle a más de la mitad del mundo, el derecho de ser protagonistas y no espectadores de su propio destino.
En recientes eventos alrededor del mundo, notamos apuestas de electores a líderes más moderados, y usualmente de la mano de una mujer. En Dinamarca, Helle Thorning-Schmidt se erige como la nueva jefa de gobierno y primera del género femenino, con un predecesor controversial y conocido por sus políticas radicales.
Si pretendemos ejercer alguna influencia creíble en el Oriente Próximo, no será de otra forma sino a través del ejemplo; cuando países protagonistas como: Francia, EE. UU, Rusia y China escojan a mujeres como sus líderes, sólo en ese momento podemos exigirle cambios al mundo dominado por el Islam, sin pecar de doble moralidad.
En el área andina de América del Sur, es imperioso promover el cambio de mentalidad en la inclusión, con más acciones y menos retórica. Venezuela tiene la oportunidad de llevar a una mujer a la presidencia y de no ser electa en las primarias, será importante verla en posiciones de ejercicio real en el diseño de políticas pública.
El ejemplo es la mejor forma de educar.